Grooveshark: nadando en un mar de tiburones

Captura de pantalla del sitio GroovesharkSobrevivir en el negocio de la música no es fácil, sobre todo si se trata de un servicio web. Desde que Napster irrumpiera en la escena en 1999, la industria discográfica ha librado innumerables batallas legales contra el intercambio de archivos o la reproducción en línea (streaming). La discusión en torno a la legalidad de estos sitios se encuentra en un momento crucial, en el que cada decisión que se tome inclina la balanza.

Al respecto, la historia de Grooveshark ilustra las dificultades para mantenerse a flote en un mar infestado de tiburones. Fundado en 2006 por estudiantes de la Universidad de Florida, Grooveshark es un servicio de streaming gratuito de música. El catálogo es provisto por los propios usuarios, quienes suben las canciones. ¿Cómo se mantiene el sitio si no cobra? Obtiene recursos de dos formas: por un lado, mediante publicidad; por el otro, a través de suscripciones que otorgan características extras.

Groveshark hospeda más de 15 millones de canciones y cuenta con más de 35 millones de usuarios. El servicio se define a sí mismo como “un ecosistema que junta a los sellos discográficos, las bandas, los fanáticos y las marcas”. En dicho argumento, Grooveshark sostiene que su sitio ayuda a dar a conocer a nuevos artistas, produce otras fuentes de recursos para la industria musical y brinda información relevante para los productores musicales. Así, Grooveshark justifica que, lejos de ayudar a la piratería, está apoyando a todos los involucrados en la escena musical.

Sin embargo, la industria no lo ve con ojos tan bondadosos. Desde la perspectiva de los defensores del copyright, lo que hace Grooveshark es un delito. Hasta ahora, el servicio no ha sido declarado ilegal porque son los usuarios quienes proveen la música. De hecho, cuando un sello discográfico pide que se retire una canción, los administradores la borran. No obstante, a los pocos días -a veces, unas cuantas horas después- la canción reaparece porque otro usuario la repone.

Empero, en noviembre de 2011, los abogados de Universal Music acusaron a Grooveshark de promover que sus empleados suban material protegido. De acuerdo a la demanda, si un archivo es retirado del sistema por petición de una discográfica, un trabajador se encarga de subirlo de nuevo, a cambio de beneficios económicos. En concreto, se dice que hasta 100 mil archivos han sido alojados en Grooveshark a través de este mecanismo. El problema no es menor, ya que Universal exige una compensación de 150 mil dólares por cada violación al copyright.

Tras la demanda de Universal, empresas como Sony, Warner y EMI se unieron a la cruzada. Debido a procesos legales, Grooveshark ha debido cerrar sus operaciones en Alemania, así como limitar su modelo gratuito en otros países. A pesar de todo, el servicio no se rinde. Uno de sus principales argumentos es que la información que poseen sobre los hábitos de consumo de los usuarios podrían compensarle a las discográficas el costo de las licencias musicales.

Por ahora, Grooveshark tendrá que seguir peleando contra la industria. ¿Es una batalla perdida? A largo plazo, parece que sí. La única opción es que las discográficas comprendan que el servicio es benéfico en términos de marketing e investigación de mercado. Ante este escenario, un empleado del sitio señala que hay dos caminos: caminar en la delgada línea de lo legal (y obligar a replantear las reglas del juego) o detener la innovación. Por lo pronto, habrá que disfrutar del servicio por el tiempo que le quede de vida, antes de que los tiburones que le acechan lo devoren a dentelladas.

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