Sabrosos pero picosos

El beso: un ritual que no discrimina

Es bien sabido que la única diferencia entre el amor y la amistad son los besos. Cuando se está en una relación amorosa, es casi un compromiso besar a la pareja, por muy difícil que sea o por muy inexpertos que seamos.

Algunos autores, en su más profundo pensamiento amoroso, consideran que el beso es, de cierto modo, mágico. “En un beso sabrás todo lo que he callado”, citan siempre al poeta chileno Pablo Neruda. Y es que precisamente sucede así. Dar un beso es uno de los actos más emotivos y placenteros de la vida. El beso es, sin duda, el mayor símbolo universal del amor y la paz (no por nada la empresa Benetton lanzó su polémica campaña UnHate en la que ponían fotografías falsas de “enemigos políticos” besándose).

¿Qué significa un beso?

Si consideramos la acepción que la Real Academia de la Lengua Española da al término, descubriremos que ahí mismo se considera como un acto amoroso: besar es “tocar u oprimir con un movimiento de labios, a impulso del amor o del deseo o en señal de amistad o reverencia”.

La historia del beso es tan antigua como lo es la humanidad. Podemos inferir que desde que el ser humano descubrió en su interior cierto deseo por el objeto sexual, los besos vinieron a ser partícipes del acto amoroso. Sin embargo, William Cane, en su libro El arte de besar (1992), refiere que la historia del beso como parte de la cultura inició a partir de su inclusión en el Kama Sutra de Mali Naga Vatsiaiana, aproximadamente en el año 400 a.C.

Durante el Imperio Romano, el beso se convirtió en una práctica tan popular que los ciudadanos crearon “categorías” para los besos: el ósculo era un beso en la mejilla, el basium era un beso en los labios; y el savolium era un beso profundo, prueba del amor eterno.

Para los psicoanalistas, el beso es un acto que pertenece al repertorio del “erotismo oral del niño”. Según lo que refiere el Dr. Adam Phillips en su obra Besar, hacer cosquillas y aburrirse (1993), el beso es un elemento extraño porque involucra signos de algunos placeres como chupar o comer.

El mismo autor reafirma lo que Sigmund Freud dijo sobre el complejo de Edipo, que ocurre cuando la castración por parte de la figura paterna es realizada en la relación madre-hijo. Refiere que el primer contacto que tiene el niño después del pecho de su madre es su propio cuerpo (como el dedo), el cual se convierte en un primer sustituto de la madre. Según Freud, este comportamiento debería seguir hasta la adolescencia y, según lo que escribió en sus Tres ensayos sobre la teoría sexual (1905), la incapacidad de besarse a sí mismo (porque ya no puede chuparse el dedo) lo hará llevar a buscar besos en los labios de otra persona “porque no puede besarse a sí mismo en ese lugar”.

El Dr. Phillips dice que, desde un punto de vista psicoanalítico, “el beso es un secuencia reveladora que contiene una historia personal. La manera en que una persona besa y cómo le gusta ser besada muestra de forma condensada algo acerca de su carácter”.

A modo de conclusión, los psicoanalistas creen que besar a una persona es como comérsela.
Pero ahora, ¿qué ocurre con la ciencia y, particularmente, con la anatomía del cuerpo humano?

Los labios son la zona erógena del cuerpo más expuesta a los demás, están repletos de terminales nerviosas. El contacto labial involucra cinco de los 12 nervios craneales, los cuales transmiten energía para activar los labios, la lengua y la piel produciendo un síntoma muy similar al de una droga.

Y sí, precisamente besar es como consumir droga, especialmente porque nuestro cerebro produce un neurotransmisor llamado dopamina, la cual incrementa su producción cuando, por ejemplo, el individuo ingiere drogas como la cocaína. La dopamina causa sensaciones de “recompensa” y puede traer consigo sentimientos como la euforia, el insomnio o la pérdida de apetito.

Otras sustancias son liberadas durante el beso, tales como las endorfinas, la adrenalina o la histamina, que puede aliviar o retrasar la aparición de síntomas alérgicos como los estornudos o la secreción nasal.

Respecto a los cambios físicos, un artículo publicado el año pasado en el portal de CNN indica que un beso puede provocar que los vasos sanguíneos se dilaten, que el pulso se acelere y que el rostro se ruborice; esto último mejora también la calidad de la piel, sobre todo porque empleamos alrededor de 30 músculos del rostro para besar.

Además, las pupilas se dilatan, lo que posiblemente sea la razón por la que cerramos los ojos al besar, y los dientes se mantienen sanos por el intercambio de saliva que favorece el mantenimiento del esmalte y la protección contra caries.

Ahora bien, ya sabemos de distintas perspectivas respecto a los besos. Como se mencionó, este acto amoroso es un símbolo de paz, pero también es una señal de que el ser humano posee la capacidad de relacionarse civilmente. Ya lo había mencionado Gustavo Adolfo Bécquer en su Rima XX, “...el alma que hablar puede con los ojos, también puede besar con la mirada”.

Si eres una chica, probablemente el momento más asombroso de las películas animadas de tu infancia era cuando la princesa, tras ser prisionera de un malvado hechicero o una detestable bruja que envidiaba la belleza, besaba amorosamente al príncipe agradeciéndole por haberla salvado. Y si eres un chico quizá estas situaciones te resulten incómodas o cursis, pero es necesario saber que, para todos, los besos son iguales. Un beso no discrimina...

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