Por Thomas Castroviejo
Los Hankins parecían víctimas de algún tipo de maldición. Primero, la madre, Beth, empezó
Los Hankins celebran la compra de su casa envenada en julio de este año (foto cortesía de la familia)a sufrir dificultades respiratorias. Después, su marido, Jonathan, no paraba de sangrar por la nariz y tener migrañas. Y por último, a Ezra, el hijo de dos años, se le llenó la boca de calenturas. "No podía ni beber agua sin que le doliese", recuerda Jonathan, de 32 años.
Ni los propios Hankins ni sus amigos podían explicarse el origen de estos síntomas. Todavía no habían cambiado nada en su modo de vida habitual tras la mudanza a la casa que habían comprado en el número 2427 de la calle Radcliffe, en Klamath, un pequeño pueblo de Oregón (Estados Unidos). La casa les había salido barata; era una propiedad embargada que el gigante inmobiliario Freddie Mac les había dejado en 36.000 dólares, una ganga en el mercado estadounidense. Claro que a cambio había que trabajar un poco en ella: pintarla por completo y arreglar un par de desperfectos. "Pensamos: 'Necesita algo de
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